Reseñas

Antonio Rodio (1904-1980): violinista y compositor argentino

By octubre 18, 2016 No Comments

Antonio Rodio fue un músico ar­gentino de suma importancia en la historia del tango en la ciudad de Valparaíso. Nació en Italia en 1904 y llegó a Argentina a la edad de 6 años junto a sus padres y hermanos, comenzando su formación como violinista. En 1918 se tituló como profesor de violín con sólo 15 años, integrándose a la orquesta clásica del Cine Imperio de Buenos Aires, haciendo música para cine e integrando también la orquesta clásica del Teatro Colón.

Con la llegada del cine sonoro al país trasandino en los años treinta, ya no se requiere de los conjuntos instrumentales para dar ambiente a sus proyecciones. La música como el jazz y el tango resultan ser alternativas para dar ocupación a estos mú­sicos. En el caso de Rodio, esta incursión en el tango comien­za en los años veinte, integrando orquestas típicas en Buenos Aires, presentándose en importantes escenarios y traspasando las fronteras nacionales por sus apariciones en prensa y en gra­baciones de la época.

Antonio Rodio a la edad de 12 años. Gentileza de Dolly Díaz.

Antonio Rodio a la edad de 12 años. Gentileza: Dolly Díaz.

Con la crisis generada entre los músicos por la irrupción del cine sonoro, Antonio Rodio comienza un intenso trabajo en el tango e integra la orquesta de Pedro Maffia junto a Gabriel Clausi y, en 1930, realiza, junto a Rodolfo Biagi, grabaciones de una serie de tangos junto a Carlos Gardel. Algunos de estos tangos y valses son: «Aquellas farras», «Buenos Aires» y «Aromas del Cairo». En los años siguientes acompañó a músicos como Aníbal Troilo, Agustín Magaldi, Sofía Bozán, Ada Falcón, Azucena Maizani, Libertad Lamarque, entre otros.

Durante los años cuarenta forma su propia orquesta típica, motivado por el gran momento creativo que experimenta el tan­go en Buenos Aires con la irrupción de nuevos compositores, directores e intérpretes[1]. Esta época es denominada por la his­toriografía tanguera como la «época de oro» del tango argenti­no, periodo de evolución creativa de la cual Rodio se hace parte. Es en esta etapa en que el tango comienza a dar muestras de estilos y formas de ejecuciones diversas, se consolidan las or­questas que marcarán la pauta estética de ese tango que llegará a la ciudad de Valparaíso por esos años.

La llegada de Rodio a la ciudad de Valparaíso ocurre cuando integra la orquesta de Miguel Caló, con la que recorre América Latina llegando a las ciudades que concentran los escenarios para las grandes orquestas en Chile, en este caso, Santiago, Valparaíso y Viña del Mar, donde se presenta en el Casino Municipal. La orquesta de Miguel Caló regresa a Buenos Aires, pero Rodio decide permanecer un tiempo en Chile motivado por el movi­miento tanguero que se estaba desarrollando en las ciudades an­tes mencionadas. Esta decisión de algunos músicos argentinos de «descolgarse» de sus agrupaciones de origen –como ocurre con los argentinos Antonio Rodio y Gabriel Clausi– resulta fundamental para la formación de orquestas con jóvenes músi­cos de Valparaíso.

De izquierda a derecha: Julio César Álvarez, bandoneonista; Gabriel Clausi, bandoneonista; Antonio Rodio y el pianista Bernardo Blas sentado con su compañera. Valparaíso, 1951. Gentileza: Dolly Díaz

De izquierda a derecha: Julio César Álvarez, bandoneonista; Gabriel Clausi, bandoneonista; Antonio Rodio y el pianista Bernardo Blas sentado con su compañera. Valparaíso, 1951. Gentileza: Dolly Díaz

En uno de los viajes que hizo a Chile, Rodio viene como pri­mer violín de la orquesta de Gabriel Clausi junto a los músicos Vicente Toppi, Ástor Piazzolla, Héctor Montenegro, Antonio Rossi, Luis Piersantelli, Leopoldo Amoroso y Francisco de Lorenzo. Su trabajo junto a Clausi es constante y pasa largas temporadas en Chile, decidiendo fijar su residencia en la ciudad de Viña del Mar, donde en 1953 contrae matrimonio con Dolly Díaz Orellana, una joven de la época amante del tango y segui­dora de la orquesta de Miguel Caló y que resulta ser testigo di­recta de este tango porteño y del paso de Rodio por Valparaíso:

“Y me acuerdo de que lo vi… me olvidé de Miguel Caló, no sé por qué, me gustó su manera de ser, o como me trató, yo dije «con ese hombre yo me caso». Y yo me acuerdo que le mandaba saludos, le decía «Saludos al violín, Antonio Rodio». Como era italiano [Giovanni Contreras] tenía una hermana que cantaba también en el Casino, no me acuerdo cómo se llamaba, y él iba a tocar los sábados y yo le mandaba saludos. Y me acuerdo que decían «pero si es un ancianito». Es que Antonio tenía canas ya. Y me acuerdo, nunca me olvido «pero si es un ancianito», porque era medio italianado para hablar, y claro, tenía cuarenta y tantos Antonio, pero siempre me causaba gracia”.

En busca de músicos y música

Una de las mayores dificultades que tuvo Rodio fue contar con músicos que le permitieran conformar una orquesta típica que cumpliera con las exigencias y las expectativas que este violinista pretendía alcanzar. Fue así que inicia su trabajo de formación de músicos porteños con quienes comienza a compartir experien­cia, consolidando agrupaciones que bajo su dirección se toman los escenarios locales. Sin embargo, su visión y experiencia del tango adquirida en grandes agrupaciones donde compartió con músicos de reconocimiento en la historia tanguera bonaerense, chocaban con la realidad local donde, si bien el tango estaba presente, no eran muchos los músicos que podían alcanzar las expectativas interpretativas pretendidas por Rodio. Esto signifi­có un trabajo constante en la formación de sus músicos, quienes tuvieron que lidiar con un carácter muchas veces poco amable de Rodio en estas instancias. Uno de estos jóvenes aprendices de Rodio fue el pianista Luis Saravia, un muchacho de sólo 15 años. Sobre las jornadas de trabajo en casa de Rodio con Saravia al piano, Dolly Díaz recuerda:

“Lucho [Saravia] le tenía terror a Antonio, porque [Lucho] la revol­vía, y después decía «lo hacíamos más leso, me contaba; con [Alfredo] Faba le tenían terror. Era terror, porque era embro­mado Antonio, pero… en la parte musical, es que tenían que cumplir”

En este trabajo de formar agrupaciones, Rodio adopta también una dinámica muy habitual en los conjuntos que animaban las veladas y fiestas porteñas. Ya no son sólo tangos los que suenan en la orquesta de Rodio en su trabajo del Casino de Viña del Mar, se hace también necesario tocar otros ritmos y reperto­rios desde el escenario dependiendo de él o la cantante de turno. También están los pequeños locales y lugares de esparcimiento ciudadano, esa tan recordada bohemia porteña de la cual Rodio y su orquesta también formaron parte[2].

Sonia y Myriam en una jornada musical en el Casino de Viña del Mar, acompañada de Rodio y su conjunto. La dedicatoria a una de sus hijas dice «Para Dorita Rodio con todo cariño, Sonia y Myriam» . Gentileza: Dolly Díaz

Sonia y Myriam en una jornada musical en el Casino de Viña del Mar, acompañada de Rodio y su conjunto. La dedicatoria a una de sus hijas dice «Para Dorita Rodio con todo cariño, Sonia y Myriam». Gentileza: Dolly Díaz.

De manera paralela a su trabajo como músico de tango, Rodio integraba dos conjuntos de cámara en la región de Valparaíso. Esta experiencia, sumada a su formación como músico de aca­demia y su trabajo en música popular, le entregaron las herra­mientas necesarias para desempeñarse como un músico integral, teniendo siempre la necesidad de organizar agrupaciones que satisficieran sus inquietudes como intérprete. Por esto mismo es que se suma al esfuerzo de otros músicos a mediados de los años cincuenta para dar vida a la primera Orquesta Sinfónica de Viña del Mar, junto a Isidor Handler y Ernesto Zahr.

En 1971 recibió la invitación de Jorge Peña Hen para cola­borar junto a Fernando Rosas en la formación de la Orquesta Sinfónica de La Serena y además asumir la formación de violi­nistas a los estudiantes del Liceo. Sin embargo, esta invitación no prosperó, pues Rodio optó por quedarse en la región de Valparaíso colaborando en la formación de la Orquesta de Viña del Mar. Sobre esto, Dolly Díaz recuerda:

“[Jorge] Peña lo conoció a Antonio tocando en la orquesta, por­que quería llevarlo… yo creo el que le debe haber hablado fue Cerezo… me acuerdo Peña le ofrecía casa y todo… decía que iba a pagar una barbaridad como catedrático y que le recono­cían no sé cuántos años, y el pobre Antonio ya estaba enfermo la verdad. Fue el año que vino Fidel Castro.”

Antonio Rodio (tercero de los violines de primera fila). En una presentación de la Orquesta Sinfónica y coro de Viña de Mar 1960, bajo la dirección de Eduardo Jaramillo. Gentileza: Dolly Díaz.

Antonio Rodio (tercero de los violines de primera fila). En una presentación de la Orquesta Sinfónica y coro de Viña de Mar 1960, bajo la dirección de Eduardo Jaramillo. Gentileza: Dolly Díaz.

Otros músicos como Cerezo, Domingo Donaruma, Arturo González, entre otros, compartían también al igual que Rodio, este ir y venir musical, entre lo popular y lo académico. Hecho que resulta interesante desde la perspectiva de los campos de acción en que la música popular y de academia se desenvuelve o se han pretendido presentar en nuestro medio local. Pensar en esos años en un músico que transita de un contexto a otro, de un sonido a otro, suponen miradas críticas de sus pares o instituciones, del juicio valórico de algunos que no concebían la mezcla de músicas y formas culturales que obedecía a públicos y sociedades distintas. Lo relevante en esto, es que estos músicos que trabajan y hacen música en escenarios y contextos social y culturalmente divergentes, no resultan un hecho aislado. Es un factor a considerar en el cruce de «fronteras» o límites que diferenciarían lo popular de lo culto, esa supuesta línea diviso­ria que se hace menos nítida o que más bien es borrada por el paso constante de estos músicos que construyen música desde la experiencia.

Primero de la izquierda: Antonio Rodio, en una de sus giras con la orquesta de Miguel Caló, tercero desde la derecha. Chile, 1946. Gentileza: Dolly Díaz .

Primero de la izquierda: Antonio Rodio, en una de sus giras con la orquesta de Miguel Caló, tercero desde la derecha. Chile, 1946. Gentileza: Dolly Díaz .

Dolly recuerda a su esposo como una persona muy crítica de los músicos y de su propio trabajo, por ello, al enfrentar una en­fermedad progresiva que fue deteriorando su salud, decide de­jar de tocar al ver que sus capacidades como violinista se veían disminuidas:

“Como el setenta y tanto, ‘72, porque estuvo como diez años en­fermo, que no tocaba […] la verdad es que cuando se sintió que no estaba, como le digo, él era muy autocrítico, que no estaba tocando bien, no tocó más nomás. Yo realmente, fechas exactas no me acuerdo, pero la verdad es que al último trabajó bastante, porque aparte del Casino [de Viña del Mar] se tocaba en los comedores y en la boîte, después al otro día tenía que levantarse súper temprano para el ensayo de la Sinfónica. Isidoro [Handler] también, pobre, trabaja­ba mucho”.

Una de las últimas fotografías de Antonio Rodio. Viña de Mar, 1980. Gentileza: Dolly Díaz.

Una de las últimas fotografías de Antonio Rodio. Viña de Mar, 1980. Gentileza: Dolly Díaz.

Antonio Rodio muere en 1980 a los 76 años de edad en la ciudad de Viña del Mar, los viejos músicos porteños y bailarines lo re­conocen como un importante músico de ese tango vivido desde este lado de la cordillera. En Valparaíso es recordado su tango «Cosas olvidadas», de las varias composiciones que este violi­nista realizara durante su incursión en el tango en Argentina. Dolly, su viuda, conserva algunas hojas y partituras de tangos sin estrenar y de otros sin terminar. Papeles que se quedaron detenidos en la ciudad junto con ese sonido de tango que hoy se escucha más tenue y lejano.

Esta reseña biográfica es un extracto del libro Tango Viajero: orquestas típicas en Valparaíso (1950-1973) escrito por Cristian Molina y Eileen Karmy (Mago Editores y Fondart Regional de Valparaíso): Santiago de Chile 2012, páginas 81-90.

Todas las citas entre comillas corresponden a Dolly Díaz Orellana (viuda de Antonio Rodio), en entrevista por los autores en junio 2012, Viña del Mar. 


[1] Antonio Rodio compuso varios tangos y realizó grabaciones de sus obras otras del repertorio tanguero formando parte de grandes orquestas en Buenos Aires. Fue también miembro fundador del SADAIC. También compuso el himno del club deportivo Racing de Avellaneda

[2] En el disco Tango/Chile II: chilenos que cantan tango, se puede escuchar el tango «Como el hornero» interpretado por el dúo Sonia y Myriam. La elaboración de este disco fue realizada por la embajada de Chile en Argentina en Agosto del año 2003. La iniciativa de este disco nace a partir del encuentro entre el embajador chileno de entonces Jorge Arrate y el bandoneonista Gabriel Clausi. Antonio Rodio aparece en la formación de algunas orquestas formadas por Clausi.


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