Reseñas

Manuel Fuentealba (1928-2016): Cantor de Tangos

By octubre 17, 2016 No Comments
Izquierda: Manuel Fuentealba en lanzamiento de libro Tango Viajero, en Santiago diciembre 2012. Derecha: Manuel Fuentealba, Bar Cinzano. Valparaíso, 2008.

Izquierda: Manuel Fuentealba en lanzamiento de libro Tango Viajero, en Santiago diciembre 2012. Derecha: Manuel Fuentealba, Bar Cinzano. Valparaíso, 2008.

A Manuel Fuentealba a sus 84 años se le puede encontrar casi todas las noches cantando en el bar Cinzano de Valparaíso, lle­nando el ambiente de esos tangos que vienen sonando desde hace mucho en el puerto y que a no ser por la voz de Fuentealba, serían sonidos aun más distantes de lo que hoy suelen ser en el actual contexto. Con su voz y en compañía de sus viejos músicos deleita a los turistas que ahí llegan ávidos de ese Valparaíso de la bohemia perdida, siendo Manuel y los músicos del bar Cinzano una ventana hacia ese puerto que hace décadas atrás albergaba a marinos mercantes, extranjeros y porteños trabajadores del sector portuario que pululaban por los bares del barrio puerto:

“Al Pollo [pianista José González] lo conozco hace más de cin­cuenta años, después conocí al [acordeonista Luis] Barrera que tra­bajó conmigo en el Checo. A Barrera lo conozco hace como treinta años. Esos son los dos que conozco, los más viejos. Al Pollo y Barrera. Los otros son más jóvenes”.

Manuel parte su afición por el canto en forma paralela a su tra­bajo dentro de la armada donde trabajó entre los años 1945 y 1976 como civil, años en los que pasó por múltiples oficios den­tro de la institución, siendo una de ellas la de tornero:

“En la Armada pasé por varias facetas, cuando entré de gru­mete me tenían para limpiar los tornos, me agarraban para el payaseo, después aprendí porque no estaba la escuela de arte­sanos en ese tiempo, entonces todo uno lo tenía que pillar por cachativa y, como yo era joven, y de intruso me metía a mirar los tornos, hasta que no faltó un viejo que me dijo «oye querí’ aprender», «claro po’ jefe», y me dijo «entonces cuando yo vaya a hacer pichí tú te quedai’ a cargo de la máquina» y pasaba el jefe, se paseaba de acá pa’ allá, así que todos los maestros trabajando ahí. Y ahí me quedé, me pusieron a la máquina y yo no me mo­vía de ahí. Y yo ponía mi cancionero ahí y las máquinas, en ese tiempo trabajaban con transmisión, no como ahora, con poleas, o sea que había harta bulla en la maestranza y yo cantaba a todo pulmón, «Caminito que el tiempo ha borrado», y me aprendía los tangos ahí yo”.

1. Sus inicios como cantor:

Antes de incorporarse como cantor de tangos, Manuel incursio­nó en el variado repertorio popular que en esos años captaba la atención del público porteño. Los boleros y la música tropical eran los encargados de animar las fiestas y actividades tanto en la Armada como en los centros de recreación existentes en los dis­tintos cerros de Valparaíso. Posteriormente, su gusto por el tango lo llevó a formar sus propias orquestas típicas junto a otros mú­sicos jóvenes interesados en hacer sus interpretaciones del tango, escuchado en los programas de radio y vistos en los espectáculos que llegan desde el tren trasandino instalándose en la ciudad.

Manuel Fuentealba –tercero del fondo de izquierda a derecha–,en una actividad en el Club Naval a finales de los años cuarenta.

Manuel Fuentealba –tercero del fondo de izquierda a derecha–,en una actividad en el Club Naval a finales de los años cuarenta.

Entre las primeras orquestas en que cantó se encuentran: Los Porteños del Tango, Los Príncipes del Tango, Los Tangueros del Plata, La Orquesta de Miguel de Castro, entre otras. Todas agrupaciones formadas bajo la influencia de las orquestas tra­sandinas que formaban la llamada época de oro del tango:

“Usted ponía la radio y eran puros tangos, el tango era rey ahí, el año ’40, ’50, ’60, así que nosotros nos íbamos a la Plaza Victoria, cuando estábamos estudiando, y nos poníamos ahí donde está el Bogarín, con la Orquesta de Los Estudiantes Porteños y todo eso, éramos todos jóvenes, a revolverla con las cabras”.

Orquesta de Miguel de Castro, agrupación con la que Manuel recibió el Premio Cóndor de oro, mediante un programa radial en Valparaíso.

Orquesta de Miguel de Castro, agrupación con la que Manuel recibió el Premio Cóndor de oro, mediante un programa radial en Valparaíso.

En 1948 Manuel Fuentealba comienza a cantar en la orquesta típica formada por Carlos Salinas y debuta como cantante en el Cabaret Royal cuando no tenía ni siquiera 21 años. Él mismo describe la situación:

“Resulta que a mi papá y a mi mamá les gustaba mucho esta música, y mi hermana andaba pololeando con el que se casó después, le dice «vamos al Cabaret Royal», y recién yo había entrado a la Marina. A la Armada, estaba recién. Entonces al cabaret no podía entrar ningún joven, de 21 años pa’ arriba nomás. Entonces vamos y me llevan a mí, pucha, y cómo iba a entrar yo al cabaret, cómo lo hacemos. Y toca el compañero de ellos que era muy amigo del dueño del Cabaret Royal. El dueño era un español chiquitito que fumaba puros, y por él me dejaron entrar a mí, porque le dijeron, hay un compañero mío de la Armada, pero es muy joven, pero si no va a tomar, se va a tomar una Coca-Cola, entonces me metí pa’ adentro yo, y ahí estaba la orquesta. Los hermanos Guerra [bandoneonistas], los dos hermanos”.

Él miraba la orquesta mientras el amigo de su hermano conven­cía al dueño del local para que lo invitaran a cantar para demos­trar sus capacidades como joven cantante de tangos. Es el bandoneonista Jonathan Guerra quien lo invita finalmente a cantar algunos tangos:

“Yo tengo un amigo que canta tangos, no si tenemos cantor aquí. No si canta muy bien, pa’ que lo escuchen ustedes. Tanto lo molestó el Guatón, que ya, ahora con la orquesta. Y era tangue­ro. Entonces llega el pianista y dice… «hay un señor que canta tangos», dice el pianista, «sí, soy yo». «¿Qué cantái’?» «Tango». «¿Y qué tango?». «Alelí». «¿Te lo sabí’?». «Claro». «Cántalo po’». Empezó la orquesta y yo lo tenía en la oreja, me quedaban mirando los bandoneones, y canté. Me aplaudió el público por­que era cabro joven. «Cántate otra más». Ya pues, canté como tres tangos. «Oye cabrito, tú ‘soy’ profesional».

Luego de escucharlo, Jonathan Guerra lo invita a cantar con un cuarteto con quienes animaba el programa radial de Cooperativa Vitalicia que se transmitía desde Los Baños del Parque.

“Tocamos un día miércoles, sábado y domingo, vamos a pagar treinta pesos. No era mucha plata, pero con treinta pesos se po­día tomar una botella de Pilsen. Ya, debuté y ahí estaba Carlos Salinas, Pancho también, los dos hermanos; de contrabajo es­taba Raúl Vilches que cantaba también. Cantaba y tocaba por­que no tenían cantor, entonces me llevaron a mí de cantor. Y llego allá a cantar y me presentan, no me conoce nadie, Manuel Fuentealba no, Manuel del Río te vamos a poner”.

Luego de esa experiencia, Manuel Fuentealba siguió cantando, presentándose en diversos escenarios, tanto en Valparaíso como en Viña del Mar y Santiago. Producto de sus actuaciones en Radio Cooperativa Vitalicia, lo conoce Mario Pequini quien lo invita a cantar al Teatro Condell donde recibió por primera vez un pago por cantar.

Agrupación cultural a la que perteneció Manuel –al fondo, quinto desde la derecha–. Valparaíso, 1951

Agrupación cultural a la que perteneció Manuel –al fondo, quinto desde la derecha–. Valparaíso, 1951

Varios fueron los escenarios donde cantó Manuel Fuentealba, como Los Baños del Parque, el Casino de Viña del Mar, el Sindicato de Ferrocarriles, y las infaltables actividades en los cerros porteños como las fiestas de la Challa que se celebraban todos los veranos en el Cerro Placeres:

“Ahora hay un edificio ahí, pero la terraza estaba allá, y eso lo demolieron. Ahí había una terraza entonces se paseaban las cabras por toda la vuelta, se tiraban challa, serpentina, jugaban a la Challa y baile, pero en forma correcta. Era muy famosa la Challa”.

En una de estas fiestas donde fue Fuentealba, conoció a Manuel de Rosas a finales de los años cuarenta, quien lo llevaría a cantar a la Orquesta del Hotel Miramar, donde desarrolló su oficio de cantor desde muy joven y en condiciones económicas superio­res a las que mantenía en su trabajo en la Armada:

“La fiesta de la Challa, había una población ahí, había una terra­za grande en el Barón, René de la Fuente, era el presidente del Sindicato de músicos, me llevó a la challa un año, pero después era el favorito de La Challa, era muy conocido, un galán, las cabras andaban como tontas detrás, porque uno era más joven andaba bien vestido, y dicen que cantaba bien, y entonces el Samuel de Rosas tenía un almacén en Avenida Matta. Al fren­te estaba La Challa, entonces este gallo me escuchaba, y él fue a hablar conmigo. El Samuel de Rosas era un gallo, sombre­ro, guantes, un ‘gentleman’. Y un día fue a hablar conmigo y me dicen: «sabí’, vienen a hablar contigo», «quién», «Samuel de Rosas», «y quién es Samuel de Rosas», «¡chis! El director de la orquesta del Miramar». El hotel Miramar era igual que el Casino. «¿Qué quiere hablar conmigo?». «Que pase Samuel de Rosas», «quiero hablar con el joven que canta», habló conmigo, me dijo, «mire joven, ¿a usted le gustaría cantar en el Hotel Miramar?». Casi que se me salían los ojos. «Yo no lo conozco, mire yo soy el director de la orquesta del Miramar y a usted lo he escuchado muchas veces cantar, porque canta muy bien el bolero». ¿No ve que yo cantaba boleros? Tenía un cantor muy famoso pero era bueno pa’ tomar, entonces lo despidió, anda­ba buscando un cantante. «Lo llevaría a usted», «pero yo no sé su repertorio» [contesté]. «Usted lo aprende, vaya a ensayo, vaya a hablar conmigo. Pero el sueldo –me dijo–, no es mucho. Son mil doscientos pesos al mes». Casi me caigo de poto yo. Si yo en la armada ganaba ciento cincuenta pesos al mes. Y él me ofrece mil doscientos por trabajar todos los días, era como para que me hiciera pichí ahí mismo. «Y fuera de eso –me dijo–, hacemos bailes. Así que vaya a ensayo al Hotel Miramar, usted cante lo que sabe no más». Me buscaba las orquestaciones. Ya me aprendí el repertorio, estuve dos años en el Miramar, con una orquesta que pa’ qué le digo na’…”

2. Su primera orquesta

Con el tango sonando en todos los locales de baile en Valparaíso, Manuel Fuentealba formó su primera orquesta. Siendo cantante de la orquesta del bandoneonista Pedro Quiroz y el violinista Antuco González, ocurrió que los directores quisieron hacer cambios salariales al interior de la orquesta, por lo que Fuentealba y otros músicos optaron por retirarse. Así, casi a los 25 años, for­mó la orquesta típica que llevó su nombre:

“Bueno, cuando me retiré yo, se retiró Romero, el Gato, el ba­jista, todos. Y viene Romero, estuvimos un buen tiempo con la orquesta, me dice «oye Manuel por qué no formamos una orquesta nosotros», «pero pucha cómo», «tú tocái’ algunos tan­guitos no más, no importa, yo me aprendo» […] y Jiménez. El Enrique Jiménez estudiaba bandoneón y justamente era el sobrino de Romero, para que vea usted que no le estoy min­tiendo. Entonces teníamos dos bandoneones, pero cómo le dije yo, el sobrino mío. Pero claro. Alfonso Romero y Jiménez el sobrino, toca poco pero lee [partitura]”.

Manuel Fuentealba junto a los otros músicos que se habían retirado, comenzaron a darle forma a la nueva orquesta que gestaban, que llevaría por nombre Orquesta Típica Manuel Fuentealba, dirigida por Alfonso Romero. Esta orquesta co­menzaba a trabajar con dificultades pero con entusiasmo, prin­cipalmente porque los músicos que la integraban llevaban poco tiempo tocando y además dividían su tiempo con otro oficio: trabajadores ferroviarios, artesanos, dibujantes, obreros. Sin embargo, Manuel hacía todos los esfuerzos por organizar y di­rigir dicha agrupación:

“Entonces ¿sabí’ cómo lo vamos a hacer?, ustedes hacen una pequeña introducción, hacen pampampam y yo me pongo a cantar y ustedes me van a acompañar. Así empezamos con la orquesta. Yo cantaba todos los tangos y ellos me acompañaban. El Gato tocaba poco y había un compadre, Ramírez, violín. Con el Gato el violín, tocaban rebien los dos, dos violines, y después trajimos a uno que era dibujante, tres violines. Con eso formamos la orquesta, tres violines, dos bandoneones, piano, bajo. Y de pianista al primero que tuve yo fue al Cañita, Miguel Espinoza, que era muy buen pianista […] Y empezó a sonar la orquesta”.

En la Orquesta del Hotel Miramar, dirigida por Samuel de Rosas, donde principalmente tocaban música tropical y boleros, Manuel Fuentealba fue aprendiendo la forma en que el director trabajaba con todos los integrantes de la orquesta realizando un trabajo sistemático. Estas vivencias fueron dándole a Manuel ideas de cómo trabajar con la joven orquesta típica que buscaba consolidarse en Valparaíso, logrando realizar un trabajo tangue­ro por cuatro años con esta formación:

“Pero yo como había estado en el Hotel Miramar cantando, me acostumbré a una orquesta disciplinada, ahí eran puros ‘gent­lemans’, ahí tocaban puros músicos buenos y pescábamos pu­ras pegas buenas también, tocamos para Gabriel González Videla, hacíamos el Casino, estuvimos muy bien con la orquesta. Pero era muy disciplinado este gallo… Y nos empezamos a ir para arriba, yo le dije, la orquesta tiene que tener disciplina, primeramente dos ensayos a la semana. Ensayábamos en la casa del que tenía piano, yo no tenía piano, o si no ensayábamos en el… el Gato [Víctor Gallardo] se conseguía ahí en el Club Ferroviario que había piano, así que no nos faltaba donde ensayar. El que falta al ensayo, multa. Y empezamos todos uniformados, sí, nada al lote. Nos mandamos a hacer el mismo uni­forme… de a poquito, pantalón negro y chaqueta azul, o sea, de un terno, nos sacábamos tres, el terno completo, la chaqueta… La cues­tión es que nunca íbamos igual. Humitas, se usaba mucho. Pañuelo del mismo color de la humita. Y yo tenía una amiga, una secreta­ria, que la nombré secretaria de la orquesta, era la que llevaba las cuentas. Pañuelos de todos colores, el que llegaba atrasado a tocar, teníamos que estar un cuarto de hora antes de actuar, por decirte, que tocábamos a las seis, un cuarto para las seis toda la orquesta aquí, a las seis subimos. Yo subía con los que estaban en el palco, si había uno o dos con esos empezaba, y los demás se tenían que que­dar abajo. Ya no se puede subir, esa es la disciplina que tenía yo. Y todos con multa. Una vez me tocó a mí. O sea que todo era igual… Habían varias multas, pero qué es lo que hacíamos con las multas, celebrábamos cumpleaños de ellos, de cada uno de nosotros, en­tonces la secretaria decía «oye Manuel, está de cumpleaños fulano de tal», «ya, entonces vamos a hacer un plato único, entonces de ahí cuánta plata hay de caja chica». De caja chica y más encima ponía­mos nosotros lo que faltaba, bien organizado”.

En 1951 Manuel Fuentealba cayó enfermo por lo que debió retirarse de la orquesta y suspender su trabajo musical por un tiempo, hasta recuperarse del todo. Con su retiro, la solidaridad de sus compañeros músicos se hizo más presente, la amistad al­canzada se hizo evidente, especialmente cuando Fuentealba más los necesitó. Al momento de enfermarse, la orquesta ya había adquirido un compromiso con Chiletabacos para presentarse durante las fiestas patrias:

“Cómo lo iba a hacer, caí enfermo, y tenía contrato firmado, entonces fue Romero a hablar con el director, la orquesta iba pero no vamos a traer al cantante, «nosotros vamos a tocar con orquesta pero sin cantante», «no –dijo el que nos contrató–, que toque la orquesta no más». No llevaron cantores, y había canto­res, tal es así que cuando terminaron los cuatro días, la comisión fiesta le pagó al cantor, que era yo, porque hicieron ese gesto los muchachos, que tocaron sin cantor los cuatro días, claro que no faltó el cantor que les cayera, pero sin pago, voluntario no más. Pero ellos no llevaron cantor, entonces la comisión fiesta me pagó a mí, vinieron los muchachos y me dieron la plata”.

Después de recuperar su estado de salud, Fuentealba siguió tra­bajando como cantor en distintas orquestas de manera indepen­diente, haciendo reemplazos, cantando en el Casino de Viña del Mar y otros lugares de la misma importancia. Durante esta eta­pa, conoció a los argentinos Gabriel Clausi y Antonio Rodio, con quienes compartió importantes escenarios.

El público baila los tangos interpretados por Manuel en una de las orquestas típicas.Valparaíso, 1958. En los bandoneones: Alfonso Romero y Pedro Quiroz.

El público baila los tangos interpretados por Manuel en una de las orquestas típicas. Valparaíso, 1958. En los bandoneones: Alfonso Romero y Pedro Quiroz.

La diversidad de oficios entre los músicos era variada, ferro­viarios, mecánicos, funcionarios de la Armada y comerciantes resultaban ser también entusiastas intérpretes de tango. Manuel Fuentealba por ejemplo, en una de las primeras orquestas en las que participó contaba con el bandoneonista Alfonso Romero, artesano dedicado al trabajo en mimbre, hombre de manos gruesas que alternaba su tiempo entre el bandoneón y el trenza­do de varillas:

“«Formemos una orquesta –me dicen–, y le ponemos tu nombre». «Sí, pero con una condición –les digo yo–, pongá­mosle la Orquesta de Manuel Fuentealba dirigida por Alfonso Romero, porque tiene que ser un músico quien dirija»… y ¿sabe cómo empezamos?, tuve hasta un cura de pianista, con eso le digo todo”.

Orquesta dirigida por el bandoneonista Pedro Quiroz. Al centro de pie: Manuel Fuentealba, y Alfonso Romero primer bandoneón de la izquierda

Orquesta dirigida por el bandoneonista Pedro Quiroz. Al centro de pie: Manuel Fuentealba, y Alfonso Romero primer bandoneón de la izquierda

 

3. Cantar tango en el puerto hoy en día

Actualmente Manuel Fuentealba sabe que es el único cantor que hoy puede describir la época en que se inició como cantor en Valparaíso, y además dar cuenta de los cambios que ha expeimentado la ciudad puerto en relación al tango con sus altos y bajos dentro del cambiante escenario cultural y social que a partir de la dictadura militar son restringidos. A partir de este quiebre, Manuel busca espacios donde desarrollar su trabajo y mantener un oficio que hasta hoy trata de mantener presente en la ciudad, en una ciudad distinta a la de antaño. Por lo mismo, este viejo cantor reconoce la importancia que tuvo Valparaíso para el desarrollo del tango en nuestro país, ciudad que dio lugar a los artistas y músicos de tango en esa bohemia tan recorda­da. Sin embargo, sus recuerdos no sólo reflejan nostalgia por una época pasada, sino que denotan preocupación por la falta de renovación de los espacios que alguna vez albergaron la bohe­mia y, principalmente, por la falta de reposición de músicos que reemplacen a los que poco a poco van desapareciendo:

“Porque fue capital del tango, porque aquí en Valparaíso había mucha bohemia, mucho negocio, mucho músico, habían can­tantes, pianistas, guitarristas, bandoneonistas, chilenos y bue­nos. Entonces se fueron retirando pero no se reponen”.

Si se observa hoy en día el panorama actual de la ciudad, se pue­den encontrar algunos eventos en los cuales Valparaíso mantiene una actividad en torno al tango, principalmente desde el baile. Son milongas organizadas ocasionalmente en distintos lugares de la ciudad, no teniendo un lugar específico ni exclusivo para el tango. Es un baile que se vive de manera transitoria en espacios que no existen en la cotidianidad, ya no es el bar o la tanguea­ría como referencia o punto de encuentro o como un lugar de pertenencia y de ocupación del entorno, estos sólo existen en la memoria de los viejos tangueros como Manuel Fuentealba. El tango que se experimenta hoy es más bien un baile del tango en constante peregrinación. Parejas que bailan al compás de un sonido compactado y digital que reemplaza a estas orquestas que ya casi no suenan en vivo, estableciéndose un nuevo tipo de relación entre tango y ciudad.

La distancia que se produce entre tango y ciudad hoy en día, resulta abismante si la observamos desde la memoria de músicos como Manuel Fuentealba, quien junto a músicos como «Pollo» González, «Lucho» Barrera y Pedro Álvarez, se empecinan en revi­vir un sonido que viene unido a sus vidas como músicos del puerto.

Músicos del bar Cinzano: Manuel Fuentealba, José González, Luis Barrera.

Músicos del bar Cinzano: Manuel Fuentealba, José González, Luis Barrera.

 

Esta reseña es un extracto del libro Tango Viajero: orquestas típicas en Valparaíso (1950-1973) publicado por Cristian Molina y Eileen Karmy (Mago Editores y Fondart Regional de Valparaíso): Santiago de Chile 2012, páginas 129-142. Todas las citas entre comillas corresponden a Manuel Fuentealba, en entrevista por los autores en julio 2012, Valparaíso.

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